NINGUN DIA ORDINARIO

Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

por


Diana Smalling

Traducido por Isabel Salazar

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Si Cristo es Se–or de todo, entonces lo es tambiŽn de las trivialidades de la vida. Espero que este librito le ayude a percibir a
nuestro Dios en estas trivialidades.


Contenido

Encuentro en Austria

La maleta

Tras la puerta

Habla el auto     

Ejemplo Preciso  

Dœo en el pasillo ocho

La se–ora de las galletas

Milagro Mac

Casa de huŽspedes de Dios 

Grandes expectativas

Amoblado instant‡neo

Campo misionero a grandes alturas

SorprŽndeme, Se–or

Fuerza del alma

Reflexiones ante el espejo

El regalo

Curso para refrescarme

Desahogo

El dignatario

Mapa en el coraz—n

Serenata

Bonito frente

El calendario

Una oportunidad en las alturas

Hermandad de la bata

Mœsica de fondo

La ÒyapaÓ

Sobre la autora


Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

ENCUENTRO EN AUSTRIA

ÓMas ciertamente me escuch— Dios; atendi— a la voz de mi sœplica. Salmos 66:19

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:1-Austrian encounter.jpg La se–ora que estaba a mi lado, hab’a tra’do su ropa de lavar en una maleta. Yo sonre’ ante esta cl‡sica imagen de la meticulosidad austriaca. La saludŽ en alem‡n mientras pon’a mis cuatro monedas en la ranura de la lavadora.

Con mis diecinueve a–os, estaba reciŽn llegada en Viena. En el instituto de preparaci—n misionera, yo hab’a recibido entrenamiento para esperar oportunidades imprevistas para compartir mi fe. La espera de una hora en la lavander’a hizo de Žsta una cita divina.

La se–ora mezclaba con un palo el agua hirviendo para que toda su ropa se enjabonara uniformemente. Nuestra amigable charla desemboc— en mi pregunta:

—ÀQuŽ piensa usted sobre Dios?

—Oh, yo creo que existe. Pero obviamente no lo molesto con las asuntos insignificantes. Por ejemplo, no le pedir’a ayuda para encontrar mis llaves perdidas— me respondi— recalcando su respuesta.

Hasta terminar de doblar la œltima toalla, estuvimos en amable desacuerdo sobre el interŽs y participaci—n de Dios en la minucia. Todav’a puedo escuchar esa conversaci—n en Viena. Fue una cita divinaÉ entre Dios y una chica de 19 a–os. El me estaba desafiando a descubrir Su grandeza en lo trivial.

Comenzaba a contemplar la peque–ez en Dios. Todos Sus atributos encajan perfectamente en los espacios diminutos. Pero Áesperen! ÀSoy realmente capaz de juzgar adecuadamente lo que es peque–o? Si descarto a Dios cuando se me pierden las llaves, Àc—mo evitar’a tener similar actitud en lo concerniente a mi ministerio? À No ser’a tentada a ponerlo aparte en esto tambiŽn?

Estos d’as me hallo en una aventura. Espero percibir a Dios en todas partes Descubrirlo en todo lado. Incluso en la minucia. Las expectativas invaden mi vida de oraci—n. ÀPor quŽ esperar d’as ordinarios?

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

LA MALETA

Ò...y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierraÓ Hebreos 11:13

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NOD Graphics:2-The Suitcase.jpg Mi madre lleg— cargando una pesada maleta. Nuestra boda en Inglaterra fue algo peque–o y ella era la œnica de la familia que pudo asistir. Roger y yo nos hab’amos enamorado mientras trabaj‡bamos en el campo misionero en Europa. Muy contenta, Mam‡ hab’a abordado el largo vuelo desde California para acompa–arnos en nuestro gran d’a.

Emocionados como est‡bamos y centrados en Roger y yo, no pensŽ ni le preguntŽ a Mam‡ sobre su vuelo de regreso. Cuando finalmente lo hice, me quedŽ anonadada al escuchar sus planes. ÁElla no pensaba regresar! Al contrario, vaci— su maleta y nos la regal—,  junto a varios obsequios amorosamente empacados adentro. Mirando atr‡s, no recuerdo d—nde coloc— sus propias cosas.

Roger y yo nos despedimos de los invitados a la boda y nos fuimos de luna de miel en un auto prestado.

Mam‡ pronto inici— la aventura de la vida. Mantuvo en secreto que solo ten’a cinco libras esterlinas en el bolso. Con ese dinero, se fue a la estaci—n de trenes y pregunt— a d—nde podr’a llegar con tal cantidad. Le contestaron Òhasta Tumbridge WellsÓ Y all‡ fue, sin mirar atr‡s.

El impacto de su ministerio por Cristo y las veces que Dios fielmente la supli— sus necesidades en todo son innumerables. Dios permiti— que ella trabajara en su ministerio por m‡s de 25 a–os a travŽs de cinco continentes.

Estoy hoy aqu’ con su Biblia en mis manos. All’ est‡n pegadas en los mapas y concordancia muchas fotos, las caras sonrientes de su ÒfamiliaÓ de todas las culturas. Sus restos reposan exactamente donde su coraz—n resid’a.

En retrospectiva, Mam‡ nos obsequi— mucho m‡s que su maleta en nuestra boda. Adentro nos dej— su incre’ble ejemplo, el cual todav’a nos reta a confiar totalmente en las promesas de Dios. ÁCon El, cinco libras esterlinas llevan mucho m‡s all‡ de Tumbridge Wells!

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

TRAS LA PUERTA

Joven fui y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan. Salmos 37:25

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:3-Behind the Door.jpg La joven pareja estaba sentada en nuestro sof‡  bebiendo un refresco, sin darse cuenta de nuestra disimulada bœsqueda. Roger y yo nos disculpamos y fuimos al dormitorio,  separado por nada m‡s que por la puerta. Registr‡bamos toda la habitaci—n buscando algo imposibleÉdinero, para la comida del fin de semana de los reciŽn casados, Peter y su esposa.

Cajones, bolsillos y hasta una mirada debajo de la cama, todos conspiraron en contra de cualquier esperanza de un golpe de suerte en nuestra frenŽtica bœsqueda. Si nuestro departamento era minœsculo, m‡s lo eran nuestros ingresos. Con huŽspedes inesperados corr’a m‡s  la adrenalina en el manejo de nuestros escasos recursos.

Nuestros amigos hab’an parado en Toulouse, Francia para visitarnos durante su luna de miel. Roger y yo tambiŽn Žramos reciŽn casados, apenas comenzando nuestra obra misionera en el sur de Francia. Cuando eran solteros, Roger y Peter hab’an trabajado juntos por un corto tiempo en el campus universitario de la Sorbona en Par’s.

Roger y yo nos encogimos de hombros y decidimos enfrentar la realidad. êbamos a explicarles el dilema a nuestros huŽspedes. Me aproximŽ al manubrio para abrir la puerta.

Justo en ese instante, me acordŽ que el correo a veces llegaba dos veces en Toulouse. Normalmente, el correo no deseado se entregaba por la tarde. Roger se qued— en el dormitorio mientras yo sal’a en silencio por la puerta trasera, hacia el buz—n. Entre las propagandas, hab’a un sobre, lo romp’ yÉ Ácay— al piso un cheque de un amigo de Inglaterra!

Ya eran las cuatro de la tarde. Los bancos cerraban a las cinco el fin de semana. Puse el cheque en la mano de Roger. No sŽ c—mo, pudimos mantenernos tranquilos al abrir la puerta hacia la sala. SonriŽndoles a los arrobados novios, Roger le dijo calmadamente a Peter: - Peter, Àquisieras acompa–arme al banco?

Han transcurrido 33 a–os desde ese cheque en el correo. Hace poco recibimos un correo electr—nico de Peter quien hab’a entrado a nuestra p‡gina web y decidi— comunicarse con nosotros solo porque s’. El, su esposa, hijos y nietos continœan su ministerio en Francia. Nunca supo sobre el d’a extraordinario que todos experimentamos ese lejano d’a en Toulouse.

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

HABLA EL AUTO

El coraz—n del hombre piensa su camino; Mas Jehov‡ endereza sus pasos.  Prov. 16:9

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:4-Car Talk.jpg Si una asna pudo hablar a Balaam, as’ ser’a c—mo la voz de un jeep tratar’a de convencernos:

—Yo no soy el veh’culo que deben manejar a Guatemala.

Para ir manejando de California a Guatemala, Àno ser’a mejor ir en un jeep 4x4 que en el Chrysler viejo de la abuelita?

 Sentimos que Dios no respaldaba nuestros planes de usar el jeep para llegar a nuestra siguiente asignaci—n misionera. La primera pista fue cuando se apag— ruidosamente en el estacionamiento del condominio de mi padre.

Nuestra pesadilla comenz— cuando fuimos en el carro prestado de la abuela llevando a reparar la bater’a. Cuando llegamos al taller, descubr’ que la bater’a se hab’a virado en el piso del n’tido carro. LimpiŽ r‡pidamente el ‡cido junto con restos de alfombra disuelta- que  hasta ese momento hab’a estado en condiciones buenas-. ÁEsto no era posible!

Ten’amos que orar en forma radical. Y surgi— una idea radical. Le ofrecer’amos comprar el carro a abuelita. ÀY quŽ del jeep? Vender la bestia. De all’, la pesadilla iba desapareciendo. A la abuela le encant— la idea de deshacerse del Chrysler. Y el jeep se vendi— en pocos d’as.

Fue as’ como manejamos de California a Guatemala. Cada fin de semana ’bamos al campo donde ayudamos a fundar una iglesia. Antes de salir de Guatemala, vendimos el carro a otro misionero que lo manej— por todo MŽxico y por los Estados Unidos. A–os m‡s tarde lleg— a visitarnos en Colorado, en el mismo auto. El motor se reemplaz— y el od—metro indicaba 180.000 kil—metros. ÁDuro kilometraje verdaderamente!

Pareciera como si el jeep se dio cuenta de que no era el destinado a viajar a Guatemala. Era yo la que no me daba cuenta. ÀHas tratado alguna vez de insuflar vida a un plan que ya ha muerto? Entierra el plan original. Dios tiene planeado algo extraordinario.

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

EJEMPLO PRECISO

Éafanada y turbada est‡s por muchas cosas, pero solo una cosa es necesariaÉ Lucas 10:41,4

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NOD Graphics:5-Object Lesson-.jpg Me encontraba muy anhelosa por conseguir que nuestro apartamento se viera acogedor, cuando reciŽn inici‡bamos nuestra labor misionera en la ciudad de Cuenca, Ecuador. ÀQuŽ deber’a comprar primero con nuestro limitado presupuesto? Ventajosamente los anteriores inquilinos nos hab’an dejado una cama. Esta cama y una mecedora fueron nuestros primeros muebles.

Otra familia de misioneros nos invit— a un cafŽ. Yo miraba c—mo su hospitalidad  se reflejaba  en su acogedor departamento. Ellos hab’an llegado al Ecuador desde su natal Noruega unos dos a–os antes y disfrutaban de Žxito en su ministerio. Ingrid nos sirvi—  en una bandejita de madera, donde las tazas, azucarera y lechera hac’an juego con su base de cer‡mica .  AlabŽ su encanto.

ÁQuiero que la tengas!, sonri— Ingrid.

Me quedŽ boquiabierta.

-       No, no comprendes- tartamudeŽ pensando que ella hab’a malinterpretado mi comentario. Solo admiraba tu buen gusto.

-       No- insisti— Ingrid. De veras quiero d‡rtela.

-       ÁEres muy desprendida con tus cosas! – fue mi salida.

Mientras se secaba las manos con el mantel de cocina y sonriendo, me dijo:

-       No siempre lo he sido-. Y comparti— su aventuraÉ

-       Antes de salir de Noruega, me inquietaba mucho por lo que deb’a llevar o dejar. Hice una lista de dos columnas: Dejar/llevar. Pasaba horas de ansiedad reacomodando mentalmente las cosas de una columna a la otra. Hasta perd’ el sue–o por estas decisiones.

-       Un d’a, se incendi— nuestra casa y lo perdimos todo. Solo me qued— una cosaÉ Àalgo de alivio? Nos ir’amos al Ecuador sin nada y comenzar’amos as’.

Di una mirada a su cocina. Dios les hab’a provisto de todos esos detalles encantadores, como el juego de tŽ. RegresŽ a nuestro departamento esa noche con la linda bandejita y tazas. Mientras las colocaba en el mueble, se transformaban en una lecci—n objetiva. No de algo restaurado, sino de un coraz—n liviano que sent’ como que volaba.

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

DUO EN EL PASILLO OCHO

gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulaci—n; constantes en la oraci—n;  Rom. 12:12

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:6-DUET AISLE.jpg Estaba considerando diferentes marcas de la percha en el supermercado,  cuando escuchŽ a una compradora cercana cantando suavemente. Terminaba el verso final de ÒCu‡n grande es El.Ó Me di la vuelta y comentŽ lo cierto de esas palabras.

Simulando enfocarse en la percha frente a ella, reconoci— de manera suave: -Es que tengo que cantar-

Con la frase Òtengo queÓ , sus ojos se llenaron de l‡grimas que pronto salpicaron su rostro sin poder ser detenidas. Le preguntŽ si hab’a perdido a un ser querido recientemente. Al principio no pudo hablar, pero con la cabeza lo neg—.

Al serenarse, mencion— a sus dos hijos. Flor dio pocos detalles pero con sus dos ’ndices hizo un gesto de la brecha que se hab’a abierto entre sus hijos.

Yo hab’a estado pidiendo a Dios que me mostrara oportunidades para orar por otros en el mismo sitio. ÀPodr’a el pasillo 8 ser tal sitio?

PasŽ mi brazo sobre el hombro de Flor:

-Somos una familia. Donde dos o m‡s se reœnen en Su Nombre, Dios promete escucharnos. Oremos por esto-

Otros compradores pasaban ignor‡ndonos calladamente mientras oramos brevemente por sus hijos. Flor y yo nos dimos cuenta que este momento estaba orquestado. La presencia de Jesœs transform— nuestro dœo en un tr’o.

Nuestra despedida pareci— tan corta como nuestra presentaci—n. Yo sonre’ al pensar que dos desconocidas acababan de pasar al trono de Dios desde el pasillo ocho de un supermercado.

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LA SE„ORA DE LAS GALLETAS

Ésabiendo que del Se–or recibirŽis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Se–or serv’s.  Col. 3:24

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:7-COOKIE LADY.jpg  Matilde se despierta cada ma–ana con la misma rutina. Un observador dir’a que vive limitada por su avanzada edad. Ella va a la cocina, saca su taz—n amarillo y empieza a mezclar sus ingredientes para hacer sus mejores galletas con chispas de chocolate. Ya horneadas, las pone a enfriar en una rejilla y se sienta en su mecedora a disfrutar leyendo su Biblia.

La tarjeta con la receta est‡ metida en el bolsillo de su delantal y Matilde termina su tiempo devocional escribiendo con cuidado el vers’culo especial que toc— su coraz—n esa ma–ana.

Matilde conoce a Dios, el que prodiga de amor. Cada nuevo d’a la halla preparando su bandeja de galletas con un vers’culo puesto bajo el celof‡n cobertor. Luego Matilde pide a Dios la oportunidad propicia de entregar a alguien estas galletas con el vers’culo de aliento.

Nunca he conocido a Matilde, pero mi amiga Sharon fue  destinataria de estas galletas con  vers’culo. Cuando Sharon me cont— sobre Matilde,  supe que ser’a el ejemplo perfecto para aquŽllos que piensan que Dios no los puede usar.

Matilde no lo sabe, pero ella ahora viaja por el mundo. Su reputaci—n va mucho m‡s all‡ de su peque–a cocina. He mencionado su ejemplo a mujeres de Ecuador y MŽxico. Y ahora, tœ lector o lectora,  ya sabes de ella.

Matilde espera de Dios mucho m‡s que d’as ordinarios. Ella mezcla la anticipaci—n en su receta, luego espera el principal ingrediente de su humilde ministerioÉ la unci—n de Dios.

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

MILAGRO MAC  

Alaben la misericordia de Jehov‡, Y sus maravillas para con los hijos de los hombres. 8 Porque sacia al alma menesterosa, Y llena de bien al alma hambrienta.  Salmos 107:8-9

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:8-McMiracle.jpg Samuel estaba en su carro parado justo en frente del micr—fono de pedidos del restaurante de comida r‡pida. Hizo su pedido y se acerc— a pagar. El auto de adelante arranc— abruptamente.

Luego de entregarle su pedido, el empleado le pregunt— si deseaba llevar tambiŽn cinco hamburguesas gratis. Los ocupantes del carro de adelante hab’an cambiado de idea despuŽs de pedir y se hab’an ido. Samuel puso la bolsa detr‡s suyo en el asiento y se dirigi— a su oficina que quedaba cerca, en la sede principal de la Misi—n.

Ese momento sal’a de la oficina un candidato a misionero llamado Billy, con su esposa y tres hijos. Ellos hab’an llegado de un largo viaje levantando fondos para su pr—ximo  ministerio en Jamaica y hab’an parado por la oficina para revisar su cuenta. Se iban a McDonaldÕs para almorzar.

ÀEst‡s sonriendo? Ellos s’ que lo estaban cuando Samuel les entreg— las cinco hamburguesas, como si ellos mismos las hubieran pedido.

Cuando Billy y Samuel contaron esta historia en una reuni—n de oraci—n en nuestra misi—n, pensŽ en los hijos de Billy. Las cadenas de comida r‡pida se esfuerzan para que su marca sea reconocida por las mentes j—venes. Esta oportuna se–al permiti— a los arcos dorados –inintencionadamente- grabar en la mente de los chicos un momento de ÒDios me veÓ. ÁUna CAJITA FELIZ de regalo!

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

CASA DE HUESPEDES DE DIOS 

Lev‡ntate, vete a Sarreta de Sid—n, y mora all’; he aqu’ yo he dado orden all’ a una mujer viuda que te sustente.  1Rey. 17:9

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:9-God's Guest House.jpg Abr’ la puerta del cuarto totalmente vac’o. Los muebles ya hab’an sido vendidos. Y pensŽ:Á As’ termina una Žpoca! En pocos d’as dejaremos el Ecuador.  Hemos de haber recibido aqu’ siquiera a 500 huŽspedes estos tres a–os.

-       Riiiiiiiing!

-       ÀC—mo as’ timbraba el telŽfono si la l’nea hab’a estado muerta todo el d’a?- Me preguntŽ.

-       ÀAl—?

-       Dianita, habla el Pastor JosŽ. ÀNo es Žste su œltimo fin de semana en Ecuador?!QuisiŽramos pasarlo con ustedesÁ

-       Bueno !ah, ser’a lindo! – pude decir intentando sonar emocionada con esta Òdespedida a la  ecuatorianaÓ.

Antes de que JosŽ dijera ni una sola palabra m‡s, la l’nea nuevamente se da–—. El pa’s atravesaba una temporada de racionamiento elŽctrico. La llamada de JosŽ fue la œnica que recibimos en m‡s de una semana.

Sabiendo que la falta de conexi—n telef—nica hac’a irreversibles los planes, mirŽ a Roger que entraba ese momento.

-       ÀAdivinas quiŽn acaba de llamar?- alcancŽ a tartamudear levantando las cejas.

En ese instante, sent’ que Dios me preguntaba sobre lo de las cejas (ÀPor quŽ esas cejas levantadas en protesta? ÀNo es Žsta mi casa de huŽspedes? ÀPor quŽ a ti te importan los muebles?)

JosŽ y su familia vinieron ese fin de semanaÉ Ácon sus propios colchones! Como en una pijamada! Hasta nuestro canario gorje— feliz al ver la escena.  El avecita se alegr— m‡s cuando ellos lo llevaron a su nuevo hogar en la soleada costa ecuatoriana.

Todav’a levanto las cejas a veces ante cosas que el Se–or me pide que haga. Sin embargo, El no las presta atenci—n y continœa con Sus planes. El Dios no acepta d’as ordinarios.

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

GRANDES EXPECTATIVAS

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, naci—n santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciŽis las virtudes de aquel que os llam— de las tinieblas a su luz admirable;  1Ped. 2:9

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NOD Graphics:10-Great Expectations.jpg Me llam— la atenci—n la leyenda pegada en el guardachoques del auto que iba adelante: LO QUE SEA.

De todas las posibilidades para etiquetar el cromo, Àpor quŽ escoger aquŽlla? Casi pod’a escuchar un suspiro de aburrimiento.

ContrastŽ esa actitud con una memoria v’vida de mi ni–ez. Aœn puedo ver a mi mam‡ frot‡ndose las manos con la expectativa de lo que Dios har’a ese d’a. Era una madrugadora en m‡s de una forma. Segura de que Dios estaba obrando, ella estaba lista para la acci—n. Mam‡ ten’a grandes expectativas.

Mientras esperaba la luz verde, la leyenda me desafiaba a evaluar mi propia actitud.

ÀEra posible que estuviera dormida en medio de la actividad de Dios?

ÀC—mo transformarme en una Ò expectadoraÓ? ÀOro por grandes cosas que requieren un milagro? ÀVeo mi d’a desde el punto de vista de Dios? El puede cambiar lo predecible en algo extraordinario.

El auto de adelante dobl— la esquina y se perdi— de vista. Me pregunto quŽ leyenda describe adecuadamente a un ÒexpectadorÓ.

ÀQuŽ piensan de ÒDIAS NADA ORDINARIOSÓ?

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AMOBLADO INSTANTANEO

Éechando toda vuestra ansiedad sobre Žl, porque Žl tiene cuidado de vosotros.  1Ped. 5:7

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:11-ROOMS TO GO.jpg ƒramos reciŽn casados en Francia cuando descubrimos una casita de arriendo.  ÁEl alquiler era barat’simo!. El due–o b‡sicamente se interesaba en alguien que mantuviera bien su casa. Sin embargo, no ten’amos dinero para amoblarla.

Justo antes de mudarnos, recibimos una llamada del due–o de la imprenta que nos hac’a los folletos de evangelizaci—n. El y su esposa quer’an regalarnos un juego de comedor de ocho sillas y aparador. Parec’a de exposici—n. ÁQuedaba perfecto para nuestros estudios b’blicos de los miŽrcoles!

Nos mudamos a la casita solo con este juego de comedor y un par de maletas. M‡s tarde un amigo del EjŽrcito de Salvaci—n de Francia nos llam— anunciando su visita.

Lleg— manejando un cami—n de mudanzas. Una dama que hab’a enviudado estaba reduciendo mobiliario y quiso donar varias cosas, incluyendo una m‡quina de coser. Nuestra casita qued— enteramente amoblada en un solo d’a.

Tuvimos muchos estudios b’blicos alrededor de esa mesa de comedor. En ese tiempo, varios huŽspedes durmieron en la cama de visitas.

La cœspide fue al final de nuestra estancia. Cuando notificamos al due–o de nuestra salida, nos pidi— poner precio a todos los muebles y simplemente dejarlos en la casa. ÁLo compr— todo de un plumazo!

Ahora nos parece c—mico haber pensado que una mudanza sea algo ordinario.

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CAMPO MISIONERO EN LAS  ALTURAS

 Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo.  Col.4:5

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NOD Graphics:12-HIGH ALTITUDE.jpg Eran las cinco y media de la ma–ana, con nuestro equipaje en mano  escuchamos las temidas palabras: - Su vuelo se ha cancelado- Ten’amos que llegar a MŽxico por cuestiones de nuestro ministerio esa misma tarde.

La aerol’nea arregl— cambiar nuestro boleto a otra compa–’a. Por este cambio, terminamos con un asiento junto a Mar’a.

Ella iba a MŽxico a reunirse con su esposo. Alex hab’a viajado a MŽxico DF tres a–os atr‡s para acompa–ar a su padre en su lecho de muerte. DespuŽs del funeral supo que sus papeles de inmigraci—n a los Estados Unidos estaban incompletos, prohibiendo as’ que regresara donde su esposa estadounidense y cuatro hijos. Tras tres a–os de tr‡mites, ahora ten’a que comparecer ante una corte de MŽxico. Mar’a estaba viajando al DF para comparecer junto a su esposo ante el juez que determinar’a si Alex podr’a regresar a Tennessee.

Mar’a nos comparti— sobre sus tres a–os de pruebas por la ausencia del esposo. Dios hab’a rescatado a una hija de ahogarse y sanado a un hijo de epilepsia. Ella comprendi— que Dios la estaba llamando a acercarse a El a travŽs de estas experiencias.

Reviviendo estos eventos conmigo, Mar’a se daba m‡s y m‡s cuenta de la bondad de Dios hacia ella.

- ÁDios te dio este asiento aqu’ al lado m’o!-. Mar’a empez— a sollozar. Yo pude sentir a Dios obrando mientras or‡bamos.

Recostada en el respaldo de mi asiento, recordŽ los eventos de ansiedad que pasamos antes del amanecer en el aeropuerto. Me solazaba al descubrir que, en camino a ministrar en MŽxico, primero estuve en campo misioneroÉ en el asiento 12- D.

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SORPRENDEME, SENOR   

Conozco, oh Jehov‡, que el hombre no es se–or de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos.  Jer. 10:23

Veo encuentros que Tœ planeaste

en la cara de alguien desconocido.

Como un toquecito amigable

para participar en la graciaÉ

SŽ que Tœ obras en lo peque–o

Igual que en lo grandeÉ

Atisbo m‡s all‡ de lo ordinario

por captar Tu plan m‡s vasto.

ÀD—nde obrar‡s hoy Se–or?

ÀA quiŽn tocar‡s a travŽs m’o?

ÀD—nde exhalar‡s el poder de tu Esp’ritu

 que nos conceda una nueva y divina esperanza?

SorprŽndeme Se–or,

Áhoy mismo!

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FUERZA DEL ALMA

No tendr‡ temor de malas noticias; Su coraz—n est‡ firme, confiado en Jehov‡.  Salmos 112:7

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:14-SOUL STRENGTH.jpg Roger ingres— a la tienda a comprar pilas mientras yo le esperaba dentro del auto. De pronto, el timbre del celular se escuch— en el asiento junto a m’. Era el doctor, indic‡ndome abruptamente que mis resultados estaban listos:

Ten’a c‡ncer de seno.

La llamada fue tan breve que, cuando termin—, tuve unos momentos para juntar pensamientos diversos en una oraci—n antes de que Roger regresara. ÒSe–or, dame fuerza del alma! Y d‡sela tambiŽn a Roger.Ó

Justo ese instante lo vi caminando hacia el auto.

Las semanas siguientes, me llovieron correos electr—nicos de gente que oraba por m’. Una esposa de pastor hab’a recibido tratamiento de c‡ncer recientemente. Ella escrib’a que Òpidi— al Se–or que no la hiciera solo sobrevivir, sino florecerÓ. Su actitud fue la nota que articul— mi forma de orar desde ese d’a.

El miedo es muchas veces peor que la realidad. Puede llegar a controlarlo todo. Corrie ten Boom lo puso de esta manera: ÒPreocuparse no deja sin problemas al ma–ana, pero deja al hoy sin sus fuerzasÓ.

En mi peor momento, Dios –misericordiosamente- sujet— mi coraz—n a Su car‡cter.

Ahora escribo agradecida desde el otro lado del c‡ncer. Dios se encarg— del problema. Incluso dudo en llamar ÒproblemaÓ a lo del c‡ncer, ya que Dios lo transform— en un regalo.

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

Reflexiones ante el espejo

No tendr‡ temor de malas noticias; Su coraz—n est‡ firme, confiado en Jehov‡.  Salmos 112:7

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NOD Graphics:15-MUSINGS MIRROR.jpg Mientras conduc’a por una carretera de monta–a, escuchaba un serm—n en la radio. El predicador le’a en G‡latas sobre c—mo Dios llam— a Pablo a un ministerio singular.

El predicador radial mencionaba que Òquiz‡ Dios nos cre— con el fin de alcanzar a gente espec’ficaÓ.

MirŽ en el retrovisor. Tal vez el tono de mi piel no es incidental, y me sonre’. Mi tez oliva y cabello oscuro han sido ciertamente un punto a mi favor. Estas caracter’sticas me han permitido incluirme f‡cilmente donde hemos ministrado en LatinoamŽrica. ÁHasta mi personalidad parece latina!

Mientras escuchaba al predicador, me di cuenta de que Pablo mir— m‡s all‡ de su reflejo en un espejo, viendo todos los dem‡s componentes de su vida. El pudo anticipar que Dios lo usar’a como era, con cada detalle œnico para Sus prop—sitos.

El predicador me desafiaba con lo que Pablo asumi—. ÀPor quŽ no esperar que Dios use cada uno de los ingredientes que me forman? DespuŽs de todo, ellos son tan distintivos como los rasgos de mi cara.

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

el regalo  

Por nada estŽis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oraci—n y ruego, con acci—n de gracias.  Filip. 4:6

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:16-THE GIFT.jpg Carla pas— brevemente por el paisaje de mi vida, dejando en m’ su huella.

En ese entonces, Roger y yo Žramos misioneros en el Ecuador. Mi amiga Carla me pidi— que fuera su compa–era de oraci—n. Una vez por semana nos reunir’amos en mi sala para compartir una hora juntas. All’ nos arrodill‡bamos y habl‡bamos con Dios. Aquellos jueves por la ma–ana eran un compromiso de coraz—n de parte de Carla. Si ella detectaba que mi entusiasmo bajaba a veces, ella nunca lo permit’a. Me agradaba su amistad, pero la oraci—n no era mi fuerte.

Cada vez que nos reun’amos para orar, Carla recordaba las respuestas espec’ficas de Dios a sus peticiones, a travŽs de los a–os.  ÀPor quŽ, entonces, no iba a orar por todo? Su motivaci—n era un pragmatismo maravilloso, no una disciplina r’gida.

Nuestras reuniones semanales terminaron abruptamente cuando Carla se mud— a Italia. Me sent’ como un bebŽ destetado prematuramente. Su ejemplo fue como un regalo dejado frente a m’, para abrirlo yo sola e imitarlo. ÀC—mo podr’a tener esa pasi—n para orar? Este don parec’a ser œnicamente de Carla.

Me obliguŽ a empezar en algœn punto. ÀPor quŽ no imitar su espontaneidad al orar? Con esto pude reconocer dos posibles formas de enfrentar la vida: la oraci—n o la preocupaci—n.

Mis primeros pasos tratando de imitar la espontaneidad de Carla al orar fueron sin duda vacilantes. Finalmente se hizo m‡s natural orar por otros sobre sus necesidades, en el momento mismo. Aparecieron las oportunidades cuando se las ped’a a Dios de manera espec’fica. Orar se me hizo natural, casi como respirar.

No hay duda de que Carla me dej— un regalo, Áelemento esencial para que ningœn d’a sea ordinario.

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

CURSO PARA REFRESCARME 

Épara que con gozo llegue a vosotros por la voluntad de Dios, y que sea recreado juntamente con vosotros.  Rom. 15:32

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:17-REFRESHER COURSE.jpg A la una de la ma–ana, sal’ calladamente a la habitaci—n de al lado y abr’ todas mis notas sobre el escritorio. Una vez m‡s me atacaba la inseguridad al pensar que se acercaba la conferencia con esposas de pastores en MŽxico, siendo yo la principal conferencista. Estas mujeres iban en busca de una corta vacaci—n y renovaci—n espiritual. ÁMe parec’a injusto ser la œnica hecha bolas!

Viajar sola a Guadalajara fue menos intimidante que la conferencia en s’. Peleaba con mi falta de confianza.

A las 3 a.m. abr’ mi Biblia y comencŽ a leer en Romanos. Pablo tambiŽn estaba de viaje y esperaba recibir refresco personal junto con los que le recibir’an. Refresco. Dios us— esta palabra como una promesa, remodelando mis expectativas. De repente, sent’ una tranquilidad sorprendente. Met’ mi bosquejo en el f—lder, lo cerrŽ y me regresŽ a la cama.

ÁQuŽ lindo tiempo pasamos en el retiro! Lo disfrutŽ tanto como las otras damas. Y lo mejor es que he disfrutado de mi ministerio con nuevo entusiasmo desde entonces. ÀPor quŽ no compartir la diversi—n?

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Esperando a Dios en todas partes, viŽndolo en todo lugar

DESAHOGO 

Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aœn pecadores, Cristo muri— por nosotros.  Rom. 5:8

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NOD Graphics:18-RELIEF WORK.jpg Roger y yo nos metimos en el destartalado taxi que nos llevar’a del aeropuerto hasta donde ver’amos a nuestros estudiantes en Tegucigalpa, Honduras. En el camino, practicaba mi espa–ol con el choferÉ:

ÀHa escuchado las buenas noticias?

ÀSobre quŽ? Me contest—, mir‡ndome por el retrovisor.

Que Jesœs muri— para salvar a los pecadores!

El asinti— con entusiasmo. Descubrimos que Pedro tambiŽn sab’a que sus pecados fueron perdonados por Cristo. Se–alando una amplia avenida cercana, me dijo

Por all’ realizamos nuestra Marcha por Jesœs anualmente. Hay tantos creyentes en Tegucigalpa ahora, que hasta el gobierno lo est‡ notando! – nos dec’a feliz.

ÀC—mo lleg— a conocer de Cristo? A nosotros nos encanta escuchar la historia œnica de cada cristiano.

Entonces Pedro nos cont— sobre cierta vez cuando le invadi— el miedo. En su juventud, un encuentro sexual que tuvo le llev— a sospechar que podr’a estar contagiado de SIDA. Durante dos a–os, cualquier malestar activaba su miedo.

Un d’a, Dios misericordiosamente le dio pruebas de que no ten’a la temible enfermedad. Y Žl reconoci— la personal intervenci—n divina en este secreto temor. El profundo alivio que sinti— lo trajo a arrepentimiento y gratitud y Pedro dedic— su vida a Cristo.

Lleg‡bamos a nuestro destino. Lo que Pedro nos dijo al final nos confirm— que Žste fue un encuentro divino entre el taxista y nosotros. Y fue esto:

 Por los vergonzosos detalles, he contado esta historia œnicamente a mi PastorÉ. Ya hace diez a–os!

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EL DIGNATARIO

Mi mano hizo todas estas cosas, y as’ todas estas cosas fueron, dice Jehov‡; pero mirarŽ a aquel que es pobre y humilde de esp’ritu, y que tiembla a mi palabra.  Is. 66:2

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:19-THE DIGNATARY.jpg La tos que sufr’a Roger hab’a durado ya cuatro semanas. Viv’amos en Quito, Ecuador y las continuas emisiones de ceniza de un volc‡n cercano estaban afect‡ndole los pulmones.

Una ma–ana, nos llam— Edgar, quien habiendo o’do de la persistente tos de Roger, estaba por venir a orar por Žl.

Sin conocerlo, se podr’an imaginar a Edgar manejando a nuestra casa como un Pastor en una visita pastoral. Pero no. Edgar vive en una casa con piso de tierra, en las afueras de Quito.

Su familia es due–a del terreno donde viven en su casa sin agua potable. Junto con sus vecinos,  lucharon duro por estas tierras unos 15 a–os atr‡s. En esa lucha, Edgar perdi— su mano derecha por explosi—n de dinamita. Su testimonio empieza ese mismo d’a en que perdiera su mano. El evento tr‡gico lo llev— a Cristo. Por su esp’ritu ense–able, Roger lo escogi— para prepararle para liderazgo.

Edgar provee a su familia madrugando a hacer pan para venderlo en el mercadoÉ todo esto con una sola mano.

De su casa a la nuestra se debe tomar tres l’neas de bus y subir una empinada cuesta. Ese d’a, frente a nuestra peque–a entrada, se sac— la gorra y toc— el timbre. Mientras entraba a nuestra sala, dio su explicaci—n:

Rogelio, yo no soy nadie. No merezco orar por ti. Pero creo que debo orar por esa tos.

Padre celestial, estoy aqu’ orando por mi querido hermano Rogelio. ÀQuiŽn soy yo para orar por Žl? Solo tengo una mano y se la pongo sobre Rogelio. Escucha por favor mi petici—n y sana a mi preciado hermano. En nombre de Jesœs, AmŽn.

Dios escuch— y lo san—. Nosotros nos sentimos sobrecogidos.

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MAPA EN EL CORAZON  

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:20-MAP BLAST.jpg Yo Jehov‡, que escudri–o la mente, que pruebo el coraz—n, para dar a cada uno segœn su camino, segœn el fruto de sus obras.  Jer. 17:10

Nunca verŽ un mapa del este de Georgia como lo hac’a antes. Puedo identificar f‡cilmente dos rutas que forman un cuadrado perfecto. Una de ellas sale del apacible pueblito  donde pasamos la noche. Una milla m‡s all‡ se curva hacia el sur. Intent‡bamos tomar esta œltima para regresar a Florida, pero no vimos la flecha.

Roger y yo est‡bamos ya bastante tensos por el dif’cil fin de semana. Hab’amos ido de prisa a Georgia porque un hurac‡n amenazaba a Florida. Esa noche, el hurac‡n vir— la punta de la pen’nsula y parec’a perseguirnos a Georgia. Una vez m‡s metimos la maleta en el baœl del auto y retorn‡bamos a Florida, esperando esquivarnos de sus amenazas en el camino.

Con el mapa abierto en la falda, comencŽ a sentirme m‡s y m‡s frustrada. A los diez minutos de haber salido del pueblo, nos equivocamos de camino. La ruta que tomamos parec’a dise–ada para burlarse de nosotros. Hab’a que tomar largas curvas de 90 grados para llegar al mismo punto al que nos hubiera llevado directamente la otra ruta.

Los 40 minutos adicionales me pusieron muy nerviosa y me dec’a : - ÀNo es Dios soberano? ÀPor quŽ esta demora? ÀPor quŽ ninguno de nosotros nos fijamos en el letrero y por quŽ est‡ Roger tan tranquilo?

Nuevamente revisŽ el mapa. Parec’a que se cortaba el camino. Oh! Est‡bamos destinados a este patŽtico camino rural.

Cuando mirŽ el paisaje pude ver bultos dorados de heno colocados muy ordenadamente a lo largo de los campos arados. ÁQuŽ contraste con la confusi—n que trajo el hurac‡n de ayer! La actitud de Roger combinaba con el paisaje.

DoblŽ el mapa y lo tirŽ al asiento de atr‡s. Mi coraz—n era el que hab’a tomado el camino m‡s largo. Dios nos daba un regaloÉ. La hermosa vista en frente nuestro.

A veces abro el mapa en ese peque–o cuadrado de Georgia. Me sonr’o. No solo que no vi el letrero, sino que Ácasi no veo a Dios en ese desv’o!

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SERENATA

que llamo desde el oriente al ave, y de tierra lejana al var—n de mi consejo. Yo hablŽ, y lo harŽ venir; lo he pensado, y tambiŽn lo harŽ.  Is. 46:11

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:21-SERENADE.jpg ÀTe han dado una serenata? Se trata de una encantadora tradici—n latina. Se contrata mœsicos para darle la sorpresa a un amigo con bellas canciones, al borde de la medianoche.

Una vez, Roger y yo recibimos una serenata, en un momento inesperado.

Est‡bamos en el Ecuador, vendiendo nuestras pertenencias antes de irnos a otro pa’s. Decidimos reducirnos a un par de maletas. Tres d’as m‡s tarde nuestra liquidaci—n parec’a una invasi—n. A la noche, despuŽs de que varios  buscadores de gangas hab’an dispersado nuestras cosas, nos met’amos cansados a la camaÉ que ya no era nuestra. Estaba vendida. Solo la us‡bamos hasta cuando partiŽramos.

Era la tercera noche, los compradores hab’an desaparecido. Nuestros cansados pasos resonaban en la casa vac’a. De repente, Áel timbre de la puerta nos sorprendi—! ÀOtro comprador a esa hora?

En la entrada, estaba un pastor ecuatoriano con su guitarra bajo el brazo. Su sonrisa iluminaba la oscuridad mientras nos abrazaba cari–osamente con el otro brazo.

Lo escoltamos hasta la vac’a sala. ÀC—mo se recibe a un invitado sin una silla? El pastor se acomod— en una grada como si no notara el cuarto desolado. Puso la guitarra sobre la rodilla y con los ojos cerrados comenz— a cantar. Las alabanzas llenaron la casa.

La mirada de Roger y la m’a se cruzaron. Ambas humedecidas. La mœsica masajeaba nuestro agotamiento.

Esta no fue una serenata ordinaria. Mirando al pasado, vemos la huella divina en nuestro timbre aquella noche. Porque en el instante preciso, Dios hab’a tra’do a su siervo con una canci—n.

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BONITO FRENTE

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo tambiŽn en Cristo Jesœs, el cual, siendo en forma de Dios, no estim— el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,  sino que se despoj— a s’ mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;  Filip. 2:5-7

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:22-CURB APPEAL.jpg ÒAQUê VIVE JESUSÓ. Este diminuto letrero qued— perfectamente sobre el timbre de la puerta, como dedicando nuestra nueva casa. Con mucho cuidado apretŽ el letrerito sobre la pared. Inmediatamente, la inseguridad comenz— a burlarse de m’É

ÀSignificar’a esto que mi casa debe estar inmaculada siempre? ÀO que mi cabello deber’a lucir perfecto cuando contestara al timbre? Y el cŽsped por donde se llega al letrero, ÀquŽ dice sobre nosotros? Quiz‡ deber’a reconsiderar la audaz leyenda de ÒAQUê VIVE JESUSÓ.

Ya han pasado tres a–os y el letrero se ha adherido tenazmente a nuestra entrada, pese a huracanes o ideas en contra. Ahora recibimos a la mayor’a de nuestros vecinos salud‡ndoles por su nombre. El cartero a veces para en nuestra puerta con algœn paquete. A pesar de mis esfuerzos, no puedo evitar que nos caiga por sorpresa. Abro la puerta y me doy cuenta que la sala se ve un poco desgastada. Cuando le pregunto acerca de la rodilla que le duele, Žl  agradece  mi preocupaci—n, ajeno a la visi—n de la sala.

Hace poco, pul’ las palabras de la plaquita. Las vi bajo un nuevo lente. Tal vez nuestros vecinos prefieren conocer al m‡s cercano Jesœs totalmente humanoÉ Aquel con quien se pueden relacionar de forma ordinaria, en d’as ordinarios.

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EL CALENDARIO

Has escudri–ado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos. Pues aœn no est‡ la palabra en mi lengua, Y he aqu’, oh Jehov‡, tœ la sabes toda.  Salmo. 139:3-4

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:23-CALENDAR.jpg Roger y yo est‡bamos esperando el segundo tramo de nuestro vuelo de Ecuador a MŽxico. Una noche en Miami era inevitable con este itinerario. Era magn’fico pisar suelo estadounidense despuŽs de tres a–os. Sin embargo, nos sentimos frustrados. Nuestro hotel cerca al aeropuerto quedaba lejos de todo.

Le bromeŽ a Roger diciendo que deber’amos alquilar un coche solo para ir a comprar un calendario. El tipo de calendario que me gusta es tipo chequera, se vende en cualquier parte de EE.UU. pero no se lo encontraba en el Ecuador.

Temprano la ma–ana siguiente, el transporte del hotel nos llev— al aeropuerto. Al llegar a MŽxico m‡s tarde el mismo d’a, nos acomodamos en el cuarto de huŽspedes de nuestro anfitri—n del seminario. Los tres d’as siguientes, Roger iba a instruir a los estudiantes y yo iba a dar un seminario para las esposas de pastores de la ciudad cercana.

ÁImaginen mi decepci—n al ver que solo una dama apareci—! Por algœn descuido de los directores las damas del seminario no se enteraron de mi conferencia. Solo Rosa lleg—. Resolv’ trabajar con ella, disimulando mi decepci—n.

Rosa y yo r‡pidamente nos sentimos a gusto juntas. Ella comenz— a abrirse acerca de sus metas, sus  luchas y sus pedidos de oraci—n.

La segunda ma–ana, mientras yo hac’a mi tiempo devocional en la mesa del comedor, mi mente se plagaba de dudas. ÀEra un gran error el haber venido? Solo una dama y! tanta preparaci—n de mi parte!

Nuestro anfitri—n vino a la mesa justo cuando meditaba en ese asunto.

-       ÀTe interesa uno de Žstos?- me pregunt—.

Suavemente dej— caer un objeto sobre la mesa. ÁUn calendario tipo chequera!

Me quedŽ anonadada. Mi anfitri—n pensaba que lo que me ofrec’a era algo m‡s bien ordinario. Para m’, era una confirmaci—n -hecha a la medida- de que Dios me ve. Yo me encontraba exactamente donde El quer’a que estuviera.

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UNA OPORTUNIDAD EN LAS ALTURAS

Esto os mando: Que os amŽis unos a otros.  Jn. 15:17

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:24-IMPROMPTU PROMPTINGS.jpg Viajar por avi—n es un elemento important’simo de mi ministerio. A simple vista, los asientos asignados parecen ser al azar. Un d’a, cierta nota escrita a mano cambi— mi percepci—n al respecto.

El pasajero al lado m’o me pregunt— c—mo me hab’a hecho misionera. Nuestra conversaci—n parec’a navegar divinamente hasta Atlanta. Pese a interrupciones de anuncios en el altavoz, Tom‡s segu’a retornando al punto donde nuestra conversaci—n se hab’a detenido. El estaba sumamente interesado en c—mo saber del perd—n de Dios. Para cuando aterrizamos, yo me hab’a comprometido a orar por Žl mientras leyera el Evangelio de Juan, los d’as siguientes.

Cuando iba a sacar mi maleta del compartimiento superior, la pareja sentada adelante m’o me ayud— a bajarla, al tiempo que me pon’an una nota en la mano.

En la nota dec’a, ÒSomos cristianos tambiŽn. Hemos estado orando por su conversaci—n con ese caballero, durante todo el viajeÓ.

Dios no es arbitrario. ÒMi Padre siempre est‡ trabajandoÓÉ justamente en la asignaci—n de asientos en el vuelo # 157.

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HERMANDAD DE LA BATA 

Porque donde est‡n dos o tres congregados en mi nombre, all’ estoy yo en medio de ellos.  Mat. 18:20

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:25-FELLOWSHIP.jpg La bata de hospital no me cubre apropiadamente, aun cuando me la envuelva como tres veces. Estoy sola en la sala de espera y pienso en por quŽ se habr’an siquiera molestado en que sea floreada.

En el fondo, me molesta mi desnudez. De manera todav’a mas personal, me siento totalmente expuesta a una fresca dependencia en Dios. Solo El decreta el resultado de esta cita.

Un folleto cercano trata del c‡ncer de seno. Lo uso como abanico al principio. Luego alcanzo a leer  lo que dice adentro. Predicen que tendrŽ que acostumbrarme a una Ònueva normalidadÓ. Aunque el c‡ncer que tengo es no-invasivo, estoy totalmente consciente de que debo rendirme ante la soberan’a de Dios.

Recuerdo el momento en que supe la noticia, cu‡n r‡pidamente Dios me mostr— Salmos 112:7-8 ÒNo tendr‡ temor de malas noticias; su coraz—n est‡ firme confiado en Jehov‡. Asegurado est‡ su coraz—n, no temer‡Ó. Donde radica el miedo, Dios me da seguridad, seguridad de que cuidar‡ de m’. Esa es mi Ònueva normalidadÓ.

Jill ingresa a la sala de espera, tambiŽn cubierta por una descolorida bata, y me entero que es esposa de un pastor. Pese a un c‡ncer recurrente, su sonrisa es radiante y sus labios pronuncian palabras acordes a su sonrisa. Me cuenta de su iglesia, de c—mo lleg— a conocer a Cristo y de la bondad absoluta de Dios para ella. En un instante, nos transformamos en las hermanas de la bata.

Tenemos dos cosas en comœn: el c‡ncer y Cristo. Oramos juntas un minuto antes de que entrara la enfermera. En ese breve momento, el descolorido estampado y la incomodidad del atuendo hospitalario se transforman en la colecci—n del Dise–ador de la hermandad de la bata.

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MUSICA DE FONDO

como Sara obedec’a a Abraham, llam‡ndole se–or; de la cual vosotras habŽis venido a ser hijas, si hacŽis el bien, sin temer ninguna amenaza.  1Ped. 3:6

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:26-BACKGROUND MUSIC.jpg Imaginen un viaje por una carretera rural de Sud‡frica. Est‡bamos ajustados en el diminuto carro del pastor, junto con su familia, regresando de una campa–a evangelista en una localidad distante. La oscuridad era total, cuando de repente se apagaron los faros del coche. Para aumentar el drama, las altas tasas de criminalidad en esa zona son conocidas mundialmente.

Todav’a nos faltaban millas para llegar a Ciudad del Cabo. Roger estaba en el asiento de adelante, junto al pastor africano. Yo estaba metida atr‡s entre la esposa del pastor y sus hijos. El coche avanzaba lentamente como sintiendo la dificultad de hacerlo, en las tinieblas. Est‡bamos invisibles para el tr‡fico veloz. Yo me tem’a un choque por detr‡s.

Mar’a, a mi izquierda, hizo algo inesperado. Comenz— a cantar. Sus hijos, en mi otro lado, se unieron al canto. ÒSe–or, ponemos tu nombre en alto; Se–or nos encanta cantarte alabanzasÉÓ Nadie hablaba de un inminente peligro.

Yo no me sab’a toda la letra pero me un’ a la melod’a. De todos modos, no estaba poniendo mucha atenci—n a las palabras. M‡s bien estaba observando la reacci—n de Mar’a en esta dificultad.

El contraste con mi miedo interior era enorme. Solo Dios supo de mi p‡nico en ese momento. ÀNo deber’a estar firme en su bondad y control? Parec’a como si El hubiera apagado las luces para llevarme a Su aula. Durante la hora que nos demoramos en llegar a sitio seguro, estuve observando una clase a domicilio de la mejor forma, con s—lida fe con mœsica.

Los hijos de Mar’a  conoc’an muy bien a su madre. Esta canci—n la acompa–aba siempre. Sab’an la letra de memoria, ense–ada por la vida de Mar’a.

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LA YAPA

 Bendito el Se–or, cada d’a nos colma de beneficios. El Dios de nuestra salvaci—nÓ Salmos 68:19

(Quito, EcuadorÉ)

Description: Macintosh HD:Users:rogersmalling:Desktop:NO ORDINARY DAYS TRAD.:NO ORDIN BOOK GRAPHIC AND FINALTEXT copy:27-THE YAPA.jpg Cuando Žramos misioneros en el Ecuador, nos encant‡bamos con la infinita variedad de fruta en los mercados. Mujeres con delantal me llamaban diciendo Ò ÀQuŽ desea mi bonita?Ó

Cuando ya se hab’a fijado el precio y el peso de la fruta, la vendedora me daba siempre la sorpresa de la ÒyapaÓ, palabra quichua para ÒbonoÓ. Y me pon’a un mango o una manzana extra en el bolso.

(Miami, FloridaÉ)

Era s‡bado y el tiempo ideal. êbamos a manejar al Mercado çbside para mirar los botes en la bah’a y a la gente desde un balc—n. Recog’ unas monedas del caj—n del velador. Con ese peque–o capital iba a alimentar al hambriento parqu’metro.

Un letrero del estacionamiento indica que el pago m’nimo es de 4 d—lares. Hay una m‡quina en la entrada que recibe las monedas y saca el recibo. Roger cuidadosamente escogi— las monedas de un centavo primero, luego las de cinco. Fue un proceso lento y solo hab’amos puesto dos d—lares cuando notamos que un hombre esperaba pacientemente para usar la m‡quina.

Disculp‡ndome, le expliquŽ que nunca nos d‡bamos el lujo de usar nuestros cambios ---No hay prisa- sonri—.

Luego una persona casi sin aliento apareci— de pronto.

-! Los encontrŽ a tiempo! Á Usen mi recibo! Todav’a tiene tres horas pagadas. Si presionan el bot—n de cancelaci—n, les retornar‡n sus monedas.Õ-

Por supuesto que presionamos el bot—n y nos cayeron las monedas sonando como un premio del tragamonedas! Agradecimos al extra–o mientras Žl se desped’a. Mientras tanto, el hombre que esperaba era testigo de la escena.

-Eso nunca volver‡ a pasar en Miami- dijo escuetamente.

Su actitud me sorprendi—. Le dije que yo conozco gente magn’fica en todas partes de Miami.

-ÀCu‡ndo llegaron a Miami, hace cinco minutos?- nos dijo en broma.

Mientras camin‡bamos hacia el Mercado, nos sonre’mos por lo sucedido. Lo que otros pueden considerar un golpe de suerte, se ha vuelto para nosotros en lo que  llamamos Òla yapaÓ de nuestro Padre Celestial. Al fin y al cabo, con El, ningœn d’a es ordinario.

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SOBRE LA AUTORA

Diana Smalling es una misionera que trabaja junto a su esposo, Roger. Su obra es en entrenamiento de l’deres a travŽs de toda LatinoamŽrica.

Diana tambiŽn es la editora del extenso contenido de www.smallings.com

Derechos de autor Junio 2008 Miami, Florida